Roberto Bolaño, Los detectives salvajes, Anagrama, 1998.
En alguna parte, Mario Vargas Llosa afirma que en el ámbito novelesco hay una relación entre cantidad y calidad. Es más fácil encontrar que una buena novela sea voluminosa a una novela corta y de gran calidad. No niega la calidad de las novelas cortas, Pedro Páramo sería uno de los mejores ejemplos de esto; pero las mejores novelas, según el peruano, son de gran aliento, de muchas, muchas páginas: algunos ejemplos de ello serían los novelistas rusos y franceses del siglo XIX, Ulises, En busca del tiempo perdido, La montaña mágica. Dentro de la literatura latinoamericana, la “regla” sería la misma: ahí están La guerra del fin del mundo, Paradiso, Rayuela, Cien años de soledad, José Trino… Las grandes novelas lo son tanto en calidad como en cantidad.
En esa estirpe se ubica Los detectives salvajes. El chileno-mexicano Roberto Bolaño se ganó con esta magna obra su ingreso a los pesos pesados de la literatura española. Su novela es un concierto polifónico, un rompecabezas, un reto intelectual al lector, una “historia” llena de silencios, un libro pesado, pero aligerado por un humor excepcional, un homenaje y una critica feroz a una generación que dejó todo por una utopía, un libro que, como El Quijote, se alimenta y crece de la misma literatura. Esta novela, como dice Vila-Matas, abre grietas, caminos que los nuevos novelistas tendrán que caminar. Por mi parte, y no me ruborizo al decirlo, esta es mi Rayuela. Quiero decir que después de leerlo, me siento como quizá se sintieron los autores del “boom”, muy jóvenes cuando Cortázar lanzó su monstruo al mundo.
Pero, ¿qué cuenta esta novela? ¿Qué lo hace tan atractivo, tan devorable? Porque las 607 páginas de este libro no se hacen densas, ilegibles como sí pasa en ciertos momentos con, digamos, José Trigo o la misma Rayuela. Ulises Lima y Arturo Belano son los principales protagonistas, los “detectives salvajes” que andan en busca de Tinajero, una poeta de la revolución mexicana perdida desde los años treinta. ¿Cuánto dura esta búsqueda? Aquí empiezan las especulaciones. La novela está dividida en dos partes: el diario íntimo de García Madero que abren y cierran la novela, y una serie de relatos cortos que tienen como leit motiv a los dos héroes fundadores del “realismo visceral”. Los únicos diálogos propiamente dichos están en el diario, también es ahí donde hablan Ulises Lima y Arturo Belano. En el resto de la novela, en los relatos cortos que se van sucediendo, no hay una sola palabra de estos dos personajes. Ahí, una serie de personajes relata sus aventuras y se refieren a la terrible influencia de ese par. Son soliloquios, monólogos, entrevistas (una de ellas se supone que se le está diciendo al mismo Belano), todas con encabezados donde se especifica lugar y fecha.
El título es, pues, también un juego. Porque la pesquisa de este par dura tan sólo un par de meses: desde que salen en el Impala de Quim hasta que los sucesos con Cesarea Tinajero terminan separando a Belano, a Lima, a García Madero y a la prostituta feliz Lupe. El lector, por lo menos ese fue mi caso, tiene que terminar de leer el libro para enterarse que la búsqueda y el hallazgo de la poeta es el pretexto para las correrías de esos dos personajes que captan todas las virtudes y excesos de una generación. Así, España, África, Israel, Francia, Austria, Portugal… todos esos lugares son tocados por la frénetica huida, la enfermiza búsqueda de los “detectives”. Su travesía es el pretexto para que el concierto de voces lleve el ritmo de la novela. Ahí, en esas voces, hay crítica, momentos poéticos memorables y risa, una alegría melancólica que hace al lector reírse de sucesos realmente trágicos. Este es el caso, sólo por citar uno de muchos ejemplos, del suceso en Nicaragua, cuando Ulises Lima se pierde y en ello termina enemistando a los poetas solidarios de la revolución sandinista y echando fuera al narrador del suceso. Todos los elementos que hacen bella esta novela están en esa historia. Uno podría escribir lo mismo de varios capítulos. Y en medio del concierto, las sombras de Lima y Belano recorren todo.
Narrada siempre en primera persona, esta novela constituye también un hito en la construcción narrativa. ¿Cómo logra Bolaño mantener la verosimilitud de eso que parece francamente imposible? Creo que es por su afán literario. Como Don Quijote, Ulises Lima y Arturo Belano salen en busca de un ideal nutrido de letras. Como él, el lector se entera del mundo de otros personajes. Pero, a diferencia del hidalgo, uno nunca sabrá en qué terminaron, veinte años después de la última entrada del diario del enigmático García Madero, estos detectives maravillosos.
Cada lector tiene su propio canon. El de Borges o el de Harold Bloom están entre los más populares. Sin duda, este libro entró a mi propio canon. Lástima de la muerte precoz de Roberto Bolaño. Como sus propios personajes, el fin de este escritor se parece más a la literatura que a la vida real. ¿Qué hay, pues, detrás de esa ventana grande que se llama Los detectives salvajes? Cada lector tendrá su respuesta.


