Héctor Aguilar Camín, La Provincia Perdida (2007).
He aquí la última novela del historiador y escritor oriundo de Quintana Roo, fundador de Nexos, la rival de Vuelta, entonces rival de Paz, ahora un sexagenario que tiene todo el tiempo del mundo para leer y escribir y en sus ratos libres conducir un programa de televisión y escribir una columna de lunes a viernes en el Milenio. Ahora entrega una novela epistolar y, según algunos, representa su plena madurez literaria. Esto no lo puedo constatar porque no he leído más que sus columnas periodísticas y ahora esta novela, cuyo ejemplar viene flamantemente firmado por su autor.
La Provincia Perdida narra el periplo del enviado del gobierno de una república endeble a una provincia convulsa que lleva el afortunado nombre de Malpaso. En Malpaso, el agente republicano se encuentra una foto de la barbarie. Pastor Lozano es el aliado, el republicano que lucha por civilizar su provincia. Civilizar, es decir, que triunfe la república, significa terminar con las costumbres de los indios huitzis para lo cual emprende una última batalla de exterminio. El agente republicano va de desilusión en desilusión, de bando a bando para concluir que todos los ideales no son más que cartas de buenas intenciones tan válidas para uno como para otro bando. Termina enamorado de dos “virgilias”. Ese será su única razón por la cual vivir y morir: conservar el amor de dos mestizas huitzis en medio de una guerra que terminará en el exterminio de todo el mundo de Malpaso.
De inmediato me vinieron a la mente dos autores: Mario Vargas Llosa y Montesquieu; uno con La Guerra del fin del mundo y otro con su Cartas Persas. Las similitudes son evidentes incluso hasta en la batalla final, salvo que Aguilar Camín, a diferencia de Vargas Llosa, se mete con los poderosos y los hace igual de volubles que cualquier humano. A diferencia de Montesquieu, aquí no hay una defensa a algún sistema político o social. La desilusión es total. No hay un personaje como el Consejero, distante, místico, enigmático: todos son o borrachos, mujeriegos, promiscuos, sanguinarios y envidiosos. Ni el imaginario destinatario de sus cartas se salva de la calificación. Tampoco sus amantes, aunque se adereza diciendo que la promiscuidad es una costumbre entre los indios huitzis, cosa que tampoco resta celos en el amanuense.
La historia no es nueva. La forma tampoco. Porque aquí hay un realismo mágico que para algunos será trasnochado y para otros un lugar común. Leí en algún lugar que un anuncio promocional enumeraba Comala, Macondo y ahora, se preguntaban, ¿Malpaso? Sí y no. Sí porque esta sigue siendo una novela hija del realismo mágico. No porque esos dos lugares son los padres de casi todo lo demás en la literatura del boom, o en la literatura deudora del boom. Así que si están hartos de los fantasmas indios o rurales que vuelan en medio de una modernidad atontada y lenta, no resistirán las 45 cartas que recoge un H e C (historiador en ciernes) que a su vez encuentra en los archivos de su anónimo maestro. Cualquier parecido a otras obras, parece ser poca coincidencia.
El libro se lee rápido. Es un best seller con todas las connotaciones que se le quieran dar al término. He de confesar que me quedé hasta muy tarde leyéndolo y que me bastaron dos sentadas para terminarlo. Pero no más. Es decir, aquí no van a encontrar la gran novela mexicana del siglo XXI o la tan cacareada y cada vez menos posible originalidad. Pero, además de los desilusionados de la narrativa, ¿a alguien le interesa eso? Quizá. Y esos destruirán el libro. Dejemos que lo hagan y divirtámonos con sus intentos.
¿Qué queda? Si alguien quiere entender un poco más lo que hay detrás de La Provincia Perdida, convendría recomendarles una muy interesante y corta entrevista que le hacen en el lejano 1998 a Aguilar Camín. Nos enteramos que tiene una educación jesuita (estudió en el Patria) y eso se huele en el libro. En la primera, clásica, pero todavía difícil pregunta de ¿Quién eres?, el autor responde:
Héctor Aguilar Camín es un escritor de cincuenta y dos años que empieza a entender la exactitud de la metáfora que compara la duración de la vida con un paradero. Me he casado dos veces y tengo tres hijos. No me han sido otorgadas la fe ni la resignación cristianas. Soy reo de prisa y de impaciencia. No aspiro a la felicidad sino a la concentración. Y en el mejor de los casos, a la serenidad. He escrito diez libros y cuatro mil páginas de artículos periodísticos. Acabo de terminar la novela que pensé escribir desde joven, la novela por la que decidí hacerme escritor. Una calma desconocida para mí proviene de ese hecho. Creo en los amigos y los conservo de todas las épocas. Creo en la familia y en los hijos. Creo en la conversación de los espíritus a través de los libros. Creo en el buen alcohol y la buena mesa , y en el goce de los bienes terrenales. Creo en el trabajo y el esfuerzo. Creo cada vez menos la inteligencia y la razón. Cada vez más en la voluntad y el amor.
Ahí están pues las claves para entender un poco esta historia. ¿Me gustó? Sí. Como un libro para pasar una noche de insomnio está muy bien. No compite, no lo pretende, con los grandes. Pero hay que leer de todo. Uno de mis maestros me dio esa lección hace tiempo: incluso de los malos se aprende. Aunque sea a valorar a los buenos. O como diría Lemus: bien, pero ¿para qué?


He finalizado recientemente la novela de Aguilar Camín “La provincia perdida”. Inicialmente me comenzó a gustar. Pero, más o menos, cuando llevaba un tercio de la lectura, perdí el interés. La finalicé por rigor. El final se intuye desde los comienzos, no hay novedad en el tratamiento del tema. Las cartas de pronto se vuelven tediosas de leer. Quizás mis expectativas con esta novela estaban tamizadas por la lectura que hice hace mucho tiempo de “Morir en el golfo”, que me resultó inigualable. Todavía no he leído “La guerra de Galio”. Estoy a la espera.
José A. Meza.
hola buenas tardes, he de decir con profundo asombro que me sorprendio el calificativo de decirle malo como escritor a uno de los escritores mas prolificos si no de novelas si de articulos, para dar una critica mas completa se deben conocer mas libros del autor; recomiendo que lea morir en el golfo para que se de cuenta por la prosapia del escritor a que se hace referencia, hay que darse cuenta que no todos los libros buscan ser el nuevo pedro paramo. gracias un saludo
Pues no, mis amigos, yo he leído todos los libros de ficción de Aguilar Camín y no, no está a la altura de los grandes. Está, literariamente hablando, como su provincia perdida; en un lugar muy lejano de la literatura de, ya que lo han nombrado, Vargas llosa, o de un Onetti, o del mismo Fuentes. Sí, se deja leer, este último libro suyo entretiene, pero nada más. Que ha creado una región dentro de la geografía literaria consagrada a la que pertenecen Macondo o Comala, sólo un ingenuo bien intencionado podría creerlo. Una cosa es la mercadotecnia y otra muy distinta la creación auténtica. ¿Morir en el Golfo? En comparación, La provincia perdida es definitivamente mejor. Y eso ya es decir mucho.
me parece un poco tragico y enredado
tiene razon jose eliu, estoy recientemente haciendo un trabajo de dicho autor y encuentro en esta obra una realidad escondida de un mexico real, kiza intentó hacer lo que García Márquez en Colombia, pero en esta novela en mexico que es un pais inundado de miseria y de dictadura y al final lo que vence es el amor, idealista sin duda hector, son muchos elementos muy interesantes que encontre y que ni por error el autor de esta reseña escribe, con todo el respeto que se merece le falta mas critica literaria. muy buen libro para dejarlo pasar como una novela mas
El libro me parecio complicado, me gustó el principio, tantos elementos mágicos y claro las virgilias. Los dialogos son verdaderos rollos ideologicos que dificilmente se encontraria en la vida real. Lo que me dejo impactado y con mal sabor de boca (pensando aún que quedo debiendo) es el final, demasiado trágico para mi.