Que los gringos sean crédulos, exagerados y hacedores entusiastas de dioses queda muy claro. Que Barack Obama sea uno de los oradores más importantes del siglo XXI también es obvio (sí, apenas llevamos una década del siglo, pero qué más da). Que el senador moreno será el próximo presidente de Estados Unidos y que le ganará en charm a Clinton y que competirá en esa misma categoría con (¡horror!) Kennedy, es evidente. Que usa mejor que ningún político antes y ahora todos los avances tecnológicos y de imagen, bueno, ¿quién lo duda? Pero que un negro (sí, abajo lo politically correct) se plante en Berlín y que los berlineses le respondan como si de estrella de rock se tratase… uno se queda con la boca abierta.
¿Qué encanto tiene Obama? ¿Cómo es que los berlineses se sienten atraídos por este personaje carismático como ninguno? ¿Son sus palabras? ¿Es su sonrisa? ¿Barack Obama es bello? No lo sé. Pero algo tiene y ese algo es muy peligroso: cuando llegue a la presidencia de su país y ponga a prueba sus capacidades para dirigir al más grande de los gigantes de este planeta y resulte que mediocridad gane carita… la decepción será dura. Aunque también puede ser que responda a todas las expectativas que ha generado, ya se ve, en el mundo. Vaya con este senador.
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