El sábado pasado fui al tianguis, ese lugar que mi esposa extrañará cuando no estemos aquí, y vi lo obvio: varios vendedores ambulantes vendiendo cubrebocas. “Lléveseeee el tapabocaaaaas, doble refuerzooooo, no como los que regala el gobiernoooooo”. Eran blancos y con una banderita de Estados Unidos. La normalidad había regresado.
Porque, claro, no se puede regresar a la normalidad así, por decreto. Ni que fuéramos los defensores de la humanidad. Aunque sí hay que dejar claro que este jueves con sabor a lunes, la capital empieza a despertar. Aunque antes se veía triste, la prefería mil, diez mil veces que verla tan sucia, congestionada y apestosa como se ve desde siempre.
Lo único que agradezco es que los saludos efusivos de beso, abrazo y apapacho han dado tregua. Mi jefe de oficina es experto en ese ritual mexicano de pararse, saludar de mano, de beso (si es mujer) y de abrazo (a menos que explícitamente se lo impidan) ha sufrido las de Caín pero dice que lo prefiere a llevarse algún virus a su casa. Yo preferiría que esto de los saludos y las corbatas se quedaran para siempre. No son más que inútiles pérdidad de tiempo. La cortesía y la atención tienen otros caminos.
Y sí, lectores generosos, en este país dicen que ya las cosas están volviendo a la normalidad. Y si no, pregúnten a San Google por Carlos Ahumada y su “Derecho de réplica”: el escándalo de la temporada.

