Cosas, cosas

A los humanos occidentales nos encanta coleccionar objetos. Desde el recuerdo de la primera comunión hasta las historietas de Kalimán, vamos llenando nuestra vida de cosas. Pero son una carga pesada, fastidiosa e inútil. Para colmo, los objetos en nuestra sociedad suelen tener un costo económico. Y un pago trae otro y así ad nauseam.

Te compras ropa. Debes comprar un mueble para guardarla. Al mueble le debes dar “mantenimiento”. Tienes que comprar un líquido y un trapo para limpiar. Luego se le cae un clavo: necesitas comprar un martillo. ¿Dónde dejas el martillo? Necesitas una caja de herramientas que a su vez necesita un espacio en tu casa. Así para cada objeto. ¿Más ejemplos?

Los productos de Apple. Un iPhone: chulo de bonito. Pantalla touch, veloz procesador, bello diseño. Pero, ay, necesitas un protector. Pero, ay, necesitas aplicaciones. Híjole, ¿qué crees? que para sacarle jugo, necesitas internet. ¿Y las fotos? Ni modo que la gente manche la pantalla: imprímelas o pásalas a la compu. ¿No tienes compu? Con la pena, necesitas una para sincronizar. Todo cuesta y un día aparece la siguiente generación del celular y todo baja a mitad de precio. Y vuelta a empezar.

Un auto. Es una maravilla de la ingeniería mecánica. Un verdadero prodigio de lo que logra la inteligencia humana cuando la aplica para la comodidad. Pero es, a la vez, uno de los inventos que más te roba dinero, tiempo y atención. Tienes que gastar para todo casi cualquier día de un año. ¿Vale pena pagar este costo de vivir en una sociedad altamente tecnificada? ¿Cuándo la comodidad pasó por un viacrucis? Cuando se subió a un auto. Hagan cuentas: los viene viene, la propina a la gasolinera, la limosna a los limpiaparabrisas, el gasto en gasolina, llantas, servicios preventivos… Es patética la esclavitud que provoca el auto y la resignación con la que lo miramos.

(En descargo de los habitantes de ciudades inseguras, diremos que es eso o, literalmente y sin exagerar, jugarte la vida en el transporte público: un costo más de vivir en ciudad es que tu vida vale lo que el adolescente con pistola le ponga como precio)

Las cosas esclavizan. Tenemos en casa un principio: si algo no fue usado por seis meses es candidato a 1) tirarse, 2) regalarse, 3) venderse. Descartamos documentos oficiales y ropa de temporada (¿es más caro comprar ropa de temporada? suponemos que sí: en primavera los abrigos son más baratos que en invierno). Y elegimos objetos pequeños, que no nos estorben. En la sala no tenemos cuadros, ni diplomas, ni repisas: dos sillones viejos y listo. En el comedor no tenemos vitrinas ni “cantinas” ni recuerditos de los quince años: una mesa y cuatro sillas. ¿Adornar? No. ¿Para qué comprar cosas que no necesito con dinero que no tengo para impresionar a personas que no les interesa? Preferimos lo mínimo. En lo simple hay belleza.

¿Quieres desperdiciar tu vida? Anda, llénate de objetos. ¿Quieres saber dónde quedó el dinero que ganaste en los últimos diez años? Busca en la basura o en los tiliches. Respira profundo, sé valiente y tira todo, todo, todo lo que te sobre.


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