Sobre Magnus y Karjakin

Magnus Carlsen tiene 27 años. Días antes de cumplir 23 años se convirtió en el campeón mundial de ajedrez, pasando por encima de una leyenda viva llamada Viswanathan Anand. Noruego, hijo de una familia de clase media de ese país con índices de desigualdad de ensueño. Soltero, a los 27 ha conseguido lo que millones no harán en tres vidas enteras. Juega al ajedrez como nadie. Juega a ganar. Sus nervios estallan en pedacitos cuando pierde. Su vida material está resuelta. Hoy se puede retirar y podría vivir ya el resto de su vida de lo que ha hechos los últimos 20. Está en el pedestal desde hace mucho tiempo.

Sergey Karjakin tiene 27 años. Nació en Ucrania, país sometido a Rusia. Fue el Gran Maestro de Ajedrez más joven de la historia. Pero tuvo la mala fortuna de nacer en una zona donde cada niño nace con un tablero pero que no tiene la riqueza material para vivir de eso. Un genio del ajedrez a quien Vladimir Putin, el tiranillo ruso, le echó el ojo, lo invitó a Rusia, lo nacionalizó en ese país, le puso a los mejores entrenadores rusos (que es mucho, mucho, mucho) y lo tiene a un paso de ser campeón mundial de ajedrez. Casado y con un hijo, él tiene todavía que pelear cada día para llevar a casa el pan.

El niño rico mimado del ajedrez contra el niño humilde. ¿A quién “le vas”? La propensión natural es irle al “pequeño”, el humilde… pero esto es un cliché. Ambos jugadores son unos monstruos, representan a las nuevas generaciones, han demostrado estar ya en la élite. Pero veamos un poco más.

Tienen estilos opuestos. Magnus es un desfachatado en el tablero, arriesga, juega al gato y al ratón, como si no tuviera nada que perder (más que su ego). Karjakin es un obrero de la defensa, construye muros, no quiere arriesgar, sabe que tiene mucho que perder y cada ganancia la defiende como si en ello se le fuera la vida. En términos futboleros (y los puristas del ajedrez se enojan mucho cuando se hacen estas comparaciones), Magnus es como esas selecciones brasileñas de los años ochenta (y antes) con el jogo bonito; Karjakin es como esas selecciones italianas que juegan al contra ataque, a especular, a poner diez hombres en la portería, anotar un gol, y desesperar al rival.

Y me gusta, me encantaba ese estilo brasileño y me aburría ese otro italiano. Que Karjakin sea “ruso” hoy (pregunten a un ucraniano qué piensa de Rusia) y tenga como patrocinador a ese sujeto llamado Vladimir Putin, es lo de menos; que su estrategia sea más psicológica que de calidad ajndrecística tampoco es reprobable. Su estilo especulativo no me gusta. Si le gana al impetuoso Magnus, el campeón no será el número uno (ese lugar quizá lo tenga el que es hoy el número 2, Fabiano Caruana) y Magnus seguirá siendo un huracán, un fuera de serie… que, acaso, no pudo en un torneo contra el impasible y, sí, poderoso Karjakin.

Eso, en el pequeñito y rudo mundillo del ajedrez estos días. Sábado 26 y domingo 27 de noviembre serán los últimos dos combates. Están empatados. Serán partidas fascinates. :)

karjakin-and-carlsen

Anuncios

Roger Waters en México. Apuntes al vuelo

Una vez que pasó la euforia de los tres conciertos de Roger Waters en la Ciudad de México, pero todavía con algo de ella, transcribamos algunos apuntes, en desorden.

  • Queda claro, por si alguien no lo entendía todavía, que The Dark Side of the Moon es el mejor disco de Pink Floyd; que Wish you were here y Animals son grandes (muy grandes) discos y que The Wall es la obra maestra del genio artístico que es Roger Waters concebida todavía dentro de Pink Floyd. No es casualidad que el bonito cartel de Waters tuviera las portadas de esos cuatro discos.

  • Porque Roger Waters vino a hacer una suerte de homenaje a su banda, al grupo con el que creció creativamente, con quien se hizo famoso, millonario e importante. Al hacer ese homenaje (que estaría completo con Gilmour y Mason, al menos), Waters vino a presentarnos una historia que sigue viva: la de Pink Floyd.

  • Todo confluyó para que su visita fuera un evento catártico: el humor social actual, tan lleno de repudio a la política; el contexto internacional con Trump como amenaza real, el absoluta descrédito de la clase gobernante en México, esa suerte de sentir que estamos si no cayendo en el precipicio, al menos sí en la orilla del mismo. Tenía que ser así.

  • El del Zócalo fue el mejor espectáculo musical, artístico y por momentos hasta político de los últimos 40 años. Ni cuando Café Tacvba tocó ahí ni cuando Shakira rompió los récords de asistencia se vivió lo mismo. Roger Waters instaló su monumental escenografía, su obsesión por los detalles en el sonido (¿notaron cómo se sentía el audio?), y sus letras (a veces raras, a veces llenas de rabia) de tal manera que estar ahí fue estremecedor. Pocos silencios como los de 200 mil personas escuchando, sólo eso, escuchando lo que salía por las bocinas. Y pocos gritos como los de “renuncia”, “fuera Peña” y el conteo del 1 al 43 como los de un Zócalo lleno hasta lo indecible.

  • Y la nostalgia, la emoción, el presentimiento de que, quizá, estábamos ante la última ocasión de escuchar en vivo un pedazo de historia cultural así de cerca. Porque Pink Floyd y Roger Waters son figuras mayores en el Olimpo del rock, porque 2016 se ha llevado a muchos genios, porque los años pasan y la posibilidad de ver juntos a los tres que quedan de Pink Floyd se reducen. Por eso y por los recuerdos y por el presente, casi con la cursilería de la que en el fondo está llena el rock, estuvimos ahí, con lágrimas y nudos en la garganta.

  • Y sí, ¡cuánto desearíamos que Roger y David cantaran juntos de nuevo! Para los más fans, cada canción de Pink Floyd les trae a la mente a los cuatro (¡perdón Syd Barret!), cada requinto de guitarra los comparamos a los de Gilmour, cada vez que suena Comfortably Numb uno no puede decir: how I wish you were here! Pero era lo que teníamos: Pink Floyd sigue vivo. Mucho. Sorprendentemente mucho.

Eso: esa música se escribió y grabó hace más de cuarenta años y suena tan, pero tan actual que asusta. Digo, Animals podría haberse compuesto ayer y hoy sería un hitazo. Sí, es clásico y un clásico siempre tiene algo que decir y no es que aparezcan de manera espontánea. La esperanza es que por ahí, quizá escondidos, estén los Pink Floyd del futuro, de nuestros hijos y nietos. Ojalá.

Duante Brain Damage y Eclipse, Roger Waters rinde homenaje a The Dark Side of the Moon.
Duante Brain Damage y Eclipse, Roger Waters rinde homenaje a The Dark Side of the Moon.

Murió Pepe, mi amigo

Quizá pocos de ustedes lo conocieron. Quizá yo mismo no lo conocí a fondo. En absoluto honor a la verdad, no fue mi mejor amigo. Pero sí mi amigo. Conocí a Pepe en los últimos meses de su vida. Padecía una enfermedad que le provocó parálisis en la mitad derecha de su cuerpo y problemas de lenguaje. Ni siquiera podía emitir monosílabos. Pero transmitía algo con su mirada. Un deseo inconmesurable de que eso no estuviera ocurriendo.

Continue reading “Murió Pepe, mi amigo”